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Reflexiones

El reflejo de tus actos

Se dice que hace tiempo, en un pequeño, y a las afueras de un lejano pueblo, había una casa vieja.

Propiedad de una anciana longeva, que, al morir y no tener familia, no hubo quien decidiera a reclamarla.

Pasaron los años y la casa se iba desgastando poco a poco, hasta llegar al abandono.

Cierto día, estando las nubes oscuras, llenas de lluvia y acompañadas de fuertes vientos, un pequeño cachorro llegó a ella buscando refugio.

El hambriento animal logró meterse por un agujero de una de las puertas ya desgastadas.

Al entrar, este se sacudió como todo cachorro mojado por la lluvia, al verla sola decidió buscar comida por todos los rincones de aquella casa.

Al no encontrar comida en la planta baja decidió subir con precaución por las escaleras de madera ya desgastadas.

Al terminar de subirla, se topó con una puerta semiabierta, lentamente se adentró en el cuarto.

Para su sorpresa, se dio cuenta de que en ese cuarto había 100 perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos.

Al ver el inexplicable hecho y con temor, comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco.

Los 100 perritos del alrededor hicieron lo mismo, posteriormente, se puso feliz y ladró alegremente a cada uno de ellos.

El cachorro se quedó sorprendido al ver que los otros cien también le sonreían y le ladraban alegremente.

Poco después la lluvia cesó, por lo que el cachorro decidió salir y continuar buscando que comer en la casa más próxima.

Al salir de aquella casa triste y abandonada, se quedó pensando para sí mismo: “Qué lugar tan agradable, voy a venir más seguido a visitarlo.

Tiempo después, otro perrito callejero entro al mismo sitio, y se encontró en el mismo cuarto.

Pero, a diferencia del primero, este perrito al ver a los otros 100, se sintió amenazado ya que lo estaban viendo de una manera agresiva.

Posteriormente empezó a gruñir, y como era de esperar, vio como los otros 100 perros le gruñían a él.

Comenzó a ladrarles ferozmente y, como era de esperarse, los otros 100 le labraron ferozmente también.

Sin más, decidió irse de aquel lugar, por lo que salió del cuarto y se alejó pensando: “Qué lugar tan horrible es este, nunca más volveré a entrar allí”.

Las personas que transitaban por el camino donde se encontraba la casa, podían leer a su paso, un letrero viejo que se encontraba en el frente de ella que decía: “La casa de los 100 espejos”.


En conclusión, no eres responsable de la cara que tienes; eres responsable de la cara que pones.

Todos los rostros del mundo son espejos, decide qué rostro llevarás por dentro y ese será el que mostrarás.

El reflejo de tus gestos, y acciones, es lo que proyectas ante los demás.

Por lo tanto, una sonrisa no cuesta nada, pero vale mucho.

No empobrece a quien lo da, pero, enriquece a quien la recibe.

Dura sólo un instante, y perdura en el recuerdo eternamente.

Es la señal externa de una amistad profunda, nadie hay tan rico que pueda vivir sin ella y nadie tan pobre que no la merezca.

Una sonrisa alivia el cansancio, renueva las fuerzas, y es consuelo en la tristeza.

Una sonrisa tiene valor desde el momento en que se da.

Si crees que a ti la sonrisa no te aporta nada, se generoso y da una de las tuyas porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa como quien no sabe sonreír.

Algunas de las cosas más bellas del mundo no se ven, ni se tocan, solo se sienten con el corazón.

Y tú, ¿Compartes tu sonrisa con los demás?