Saltar al contenido
Reflexiones

Sigue escribiendo tu historia – Jorge Bucay

La historia habla de un empresario muy rico que cada año suele enviar con su secretario un generoso cheque de contribución para la iglesia de su pueblo.

 Un día, imprevistamente, el empresario en persona va a ver al párroco.

— Hijo mío, qué gusto me da verte, hace tiempo que no venías por aquí —le dice el cura.

—Bueno, la verdad, padre, es que no me traen buenas noticias. Vengo porque este último tiempo me ha ido realmente muy mal, en especial en los negocios; por eso, he querido traerle yo mismo el cheque de este año, como verá, es menos de la mitad que el de los años anteriores —dice el hombre, acongojado.

El cura, con un tono comprensivo, trata de tranquilizarlo:

—No te preocupes, hijo mío, Dios nos va a ayudar. A nosotros y también a ti, que parece que lo necesitas.

—No, no lo creo, padre, soy consciente de que ya no hay forma de salvar esta situación —responde el hombre, invadido por la desesperanza—. Ha habido demasiados errores y de todos soy yo el responsable.

Entonces, el cura, que comprende la difícil situación económica por la que atraviesa el empresario, le ofrece devolverle su contribución.

—Gracias, padre —le dice el hombre—, eso no cambiaría demasiado las cosas; lo único que le pido es que sepa comprender que a partir de ahora ya no podré seguir colaborando con la parroquia.

—No te preocupes por eso, nos apañaremos… —le dice el cura—. Antes de irte, déjame contarte algo que puedes tomar como consejo. Cuando nuestros ancestros se encontraban perdidos en medio de una crisis a la cual no le encontraban salida, solían tomar el libro de los Santos Evangelios con el lomo hacia arriba y lo alzaban unos cuantos centímetros por encima de una mesa. Ellos solían recitar algún salmo y, con toda su fe, lo dejaban caer para que se abriera, al azar, por el impacto. Entonces, con los ojos cerrados, ponían un dedo en el texto y leían el párrafo señalado. Allí, en esa frase del libro sagrado solían encontrar la respuesta a su problema. Ellos decían que sus manos eran guiadas por el mismo Dios, porque para Él siempre hay una salida.

El hombre escuchó la historia con recelo, agradeció y se marchó con una tibia sonrisa.

Seis meses pasaron desde aquella vez.

Una mañana, una limusina blanca, enorme, se estaciona frente a la puerta de la iglesia.

El mismo hombre, finamente vestido, con otra templanza y una sonrisa que le desborda el rostro, baja del automóvil.

El cura lo reconoce inmediatamente y, después de un fuerte abrazo, le dice:

—Me alegra tanto que nos visites… Sospecho que te traen mejores noticias que la última vez que nos vimos.

—A mí también me da gusto verlo, padre —contesta el hombre, exultante—. En efecto, he venido con prisas a saludarlo y para traerle la mitad de dinero que no pude darle el año pasado. Es más, si no se ofende, me encantaría duplicar mi contribución de este año.

—Bueno, hijo, muchas gracias —contesta el párroco—, me alegra saber que te acuerdas de nosotros también en los momentos de alegría.

—¿Cómo no acordarme, padre? Después de todo, este cambio no habría sucedido si usted no me hubiera contado la historia de la costumbre ancestral de los Evangelios.

—¿Cómo es eso, hijo?

—¿Se acuerda que vine angustiado por el desastre en el que encontraba? Después de escuchar su historia le confieso que me fui casi riéndome de su ingenuidad. Mi problema es concreto y material, no del espíritu, pensé. Pero en casa me encontré tan desesperado que tomé los Evangelios del cuarto de mi madre y me animé a seguir su consejo… Al leer lo que mi dedo señalaba entendí todos mis errores y pude empezar a salir del horrible lugar en el que estaba. Una vez más, gracias, padre, ha sido un gran placer verlo. Nos volveremos a ver el año próximo… —Y dicho esto empezó a marcharse…

—Un momento, hijo mío, un momento… Estoy muy interesado en saber qué decía en la hoja que tu dedo señaló en los Santos Evangelios.

—Ah, claro, padre, decía: «Capítulo 19».

—Qué bien —responde el cura y agrega—: Perdona mi mala memoria, pero ¿Qué dice el capítulo 19?

—¡Ah!, no lo sé, padre, nunca lo leí —responde el hombre.

—No lo entiendo —dice el párroco—, entonces… ¿Cómo te ayudó?

—Es que en ese momento me di cuenta inmediatamente, padre, de que más allá de lo que dijera el capítulo 19… el capítulo anterior, el 18, había terminado.


Intenta escribir lo que sigue de tu historia para no seguir leyendo ese capítulo que, por desgracia, no termino muy bien para ti.