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Reflexiones

La voz de Dios – Daniel Habif

¿Y entonces… por qué amas a Dios y siempre hablas de Dios?

Simple, es lo que abunda en mi corazón.

En verdad quisiera en ocasiones hablar de otra cosa, pero siempre termino hablando de él.

Busco no mencionarlo siempre, pero se me sale como cuando toses y escupes la comida, es una llenura, es un géiser en el centro de mi pecho.

Es una relación multimodal, es algo que durante años he cultivado.

Es mi amigo, mi padre, mi rey, mi general, mi consejero, mi socio, mi salvador, mI todo.

Literal, es lo más importante que existe en mi vida, estoy enamorado de él porque lo siento en todos lados.

Mi vida es un milagro.

¿Pero, cómo puedes amar a Dios si jamás lo has visto?

Bueno, queridos, de la misma forma en que muchos odian algo en lo que no creen.

Yo, por años fui un pez fuera del agua, un moribundo arrastrándose por los suelos, arrastrándose de insomnio en insomnio, el foco prendido y el aire eran mis únicos amigos.

Pero conocí al todopoderoso.

Nunca dudé de su existencia, pero jamás lo había buscado como lo busqué aquel día.

Alcé mis manos al límite, imploré misericordia, yo era una oveja perdida.

Pero jamás deje de ser su oveja y, a pesar de todo lo que soy, todo lo que Dios sabe de mi pasado, de mi presente, y mi futuro, él me demuestra diariamente que no pierde el amor y la ternura con la que me invita a seguirle.

Sin importar lo que haga, o haya hecho, siempre en el día a día encuentro un espacio para escuchar su voz.

Yo jamás escuché la voz de Dios de la misma forma en la que hablan las personas.

Yo la escuché así: La escucho en el viento poderoso que se rompe en las montañas y sacude la hierba; en el crujir de los caminos y los rayos del cielo.

Así como lo hizo Elías que lo escuchó después del fuego en un silbo apacible y delicado, por ello, aprendí que para escuchar algo tan delicado debo guardar silencio.

Entendí que el silencio es otro de sus idiomas y que también para escuchar su voz, debía renunciar a mi propia voluntad y deseos.

Queridos, respeto a la ciencia y todo lo que la ciencia hace posible.

Pero en mi vida, Dios ha sido el cirujano, la transfusión sanguínea y medicina que yo necesitaba.

En ocasiones, debemos aceptar que nuestro estado entero es tan deplorable que necesitamos algo más fuerte; algo que ninguna dosis médica puede brindarnos.

Yo, por ello, decidí entregarme por completo a él.

Él fue quien me salvó, y continúa salvando me de mí mismo.

Hoy, sigo siendo un forastero, un pecador, pero ahora, bajo su justificación y gracia he recibido todo lo que tengo y todo lo que soy.

Oír su voz y obedecerle me ha hecho muy feliz.

Así que deseo que muy pronto tú también le escuches.

Busca su voz que es la guía y ayuda interna que te induce a lo agradable y bueno para tu vida.

Busca su voz y espera pacientemente la respuesta, porque jamás deja de responder y el que tenga oído, oiga.